Más Allá de la Cruz

Por el pastor Jim Baucom

– Vivimos en una época marcada por la incertidumbre. Muchas personas observan el estado del mundo y se preguntan si las cosas realmente pueden mejorar. La ansiedad, la división y la desesperanza parecen estar presentes en todas partes. Sin embargo, los seguidores de Jesús siempre han tenido algo que va más allá del optimismo humano: la esperanza. No una esperanza basada en las circunstancias, sino una esperanza fundamentada en la obra de Dios a través de Jesucristo.

El apóstol Pablo resume esta verdad de manera poderosa cuando escribe:

“Él fue entregado a la muerte por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación.” (Romanos 4:25, NVI)

La cruz es el centro de nuestra fe porque allí Jesús cargó con nuestros pecados y pagó el precio que nosotros no podíamos pagar. Gracias a su sacrificio, recibimos perdón y reconciliación con Dios. Sin embargo, la historia del evangelio no termina en la cruz. Si Jesús hubiera permanecido en la tumba, no habría victoria, ni esperanza, ni transformación. La resurrección es la confirmación de que el pecado, la muerte y el mal han sido derrotados.

Por eso Pablo continúa diciendo:

“Por tanto, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de él, y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes. Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.” (Romanos 5:1-2, NVI)

La resurrección no solo nos promete un futuro eterno; también transforma nuestro presente. A través de Cristo somos hechos nuevos. Dios no simplemente borra nuestro pasado, sino que restaura nuestra identidad y nos conforma a la imagen de Jesús. Su propósito no es únicamente llevarnos al cielo algún día, sino comenzar hoy una obra de renovación en nuestras vidas.

Esta esperanza es tan profunda que permanece firme aun en medio de las dificultades. Pablo escribe:

“Y no solo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.” (Romanos 5:3-5, NVI)

La esperanza cristiana no depende de que todo salga bien. Se sostiene en la certeza de que Dios está obrando incluso cuando no podemos verlo. Cada prueba, cada desafío y cada momento difícil pueden ser utilizados por Dios para formar en nosotros el carácter de Cristo.

Pero la obra de Dios no termina en nuestra transformación personal. La nueva vida que recibimos tiene un propósito mucho más grande. Pablo lo explica en su segunda carta a los Corintios:

“Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!” (2 Corintios 5:17, NVI)

La resurrección nos convierte en participantes de una nueva creación. Ya no vivimos únicamente para nuestros propios intereses, sino para los propósitos de Dios. Hemos sido llamados a reflejar el Reino de Dios en el mundo que nos rodea.

Por esa razón, Pablo continúa diciendo:

“Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación.” (2 Corintios 5:18, NVI)

Dios nos ha reconciliado consigo mismo y ahora nos envía para ser agentes de reconciliación. Hemos recibido el privilegio de compartir con otros el mismo amor, la misma gracia y la misma esperanza que hemos experimentado en Cristo.

El apóstol describe esta misión con una expresión extraordinaria:

“Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros.” (2 Corintios 5:20, NVI)

Como embajadores de Cristo, representamos el Reino de Dios en cada lugar donde vivimos, trabajamos y servimos. Nuestra ciudadanía principal no está en este mundo, sino en el Reino eterno de Dios. Por eso vemos a las personas no como enemigos, competidores o extraños, sino como hombres y mujeres que Dios ama y desea reconciliar consigo mismo.

El mensaje de la cruz nos recuerda que somos perdonados. El mensaje de la resurrección nos recuerda que somos transformados. Y el llamado de Cristo nos recuerda que somos enviados.

Por eso, cuando hablamos de la obra de Dios, debemos mirar más allá de la cruz. La cruz es el lugar donde comenzó nuestra redención, pero la resurrección es la evidencia de que Dios sigue haciendo nuevas todas las cosas. Él está restaurando vidas, renovando corazones y preparando un nuevo cielo y una nueva tierra donde su voluntad será perfectamente cumplida.

Hoy seguimos viviendo entre la cruz y la consumación de todas las cosas. Vivimos con esperanza porque Cristo vive. Vivimos con propósito porque hemos sido llamados. Vivimos con confianza porque sabemos que Dios continúa obrando.

Como concluye Pablo:

“Les digo que este es el momento propicio de Dios; ¡hoy es el día de salvación!” (2 Corintios 6:2, NVI)

Ahora es el tiempo del favor de Dios. Ahora es el momento de responder a su llamado. Ahora es el tiempo de vivir como nuevas criaturas y como embajadores de Cristo en un mundo que necesita desesperadamente la esperanza que solo Él puede ofrecer.

Más allá de la cruz, encontramos la resurrección. Y en la resurrección encontramos la esperanza que cambia todas las cosas.

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