Primera Categoría: Nuestra Identidad Está en Cristo

Erick Larios –

Vivimos en una sociedad que constantemente clasifica a las personas. Lo vemos en las conversaciones diarias, en los medios de comunicación y hasta en la manera en que nos presentamos unos a otros. Nos clasifican por nacionalidad, color de piel, idioma, nivel educativo, situación económica, estatus migratorio o posición social. Pareciera que siempre existe la necesidad de colocar a las personas dentro de una categoría determinada.

Esta tendencia no es nueva. Desde siempre la humanidad ha buscado dividir, etiquetar y comparar. A veces las diferencias son tan simples como la preferencia por un equipo de fútbol. Otras veces son mucho más profundas y dolorosas. Separamos entre ricos y pobres, nacionales y extranjeros, educados y no educados, ciudadanos y no ciudadanos. Sin darnos cuenta, terminamos asignando valor a las personas según las etiquetas que llevan.

Muchos inmigrantes, especialmente los hispanos que viven en Estados Unidos, han sentido en algún momento que son vistos como personas inferiores, invisibles o de segunda categoría. Ese sentimiento puede surgir por experiencias de discriminación, rechazo o por los mensajes que constantemente escuchan en la sociedad. Sin embargo, como creyentes debemos recordar una verdad fundamental: nuestra identidad no proviene de lo que el mundo dice de nosotros, sino de lo que Dios declara en Su Palabra.

El apóstol Pablo escribió una afirmación extraordinaria en Efesios 2:19:

“Por eso, ante Dios ustedes ya no son extranjeros. Al contrario, ahora forman parte de su pueblo y tienen todos los derechos; ahora son de la familia de Dios”.

Qué declaración tan poderosa. Dios no nos ve como extraños. No nos considera visitantes. No nos recibe como personas de segunda categoría. Nos llama familia.

El derecho de ser llamados hijos de Dios

Muchas veces hemos reducido nuestra vida cristiana a una actividad religiosa. Asistimos a la iglesia, cantamos alabanzas, escuchamos predicaciones y compartimos con otros creyentes. Pero la pregunta es: ¿cuánto creemos realmente lo que Dios dice acerca de nosotros?

Juan 1:12 responde esa pregunta con claridad:

“Pero a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios”.

Observe cuidadosamente la palabra “todos”. No dice algunos. No dice los nacidos en determinado país. No dice los que pertenecen a cierta cultura. No dice los que tienen determinado estatus social.

Dice: “todos los que creyeron”.

Si usted ha creído en Jesucristo y lo ha recibido como Señor y Salvador, tiene el derecho de ser llamado hijo de Dios.

La imagen de un hijo es profundamente significativa. Los hijos tienen acceso libre a la casa de su padre. No necesitan permiso para entrar. No tienen que ganarse un lugar en la familia cada día. Pertenecen.

De la misma manera, por medio de Cristo tenemos acceso directo a la presencia del Padre. Cuando Jesús murió en la cruz, el velo del templo se rasgó de arriba abajo. Lo que antes estaba reservado para unos pocos ahora quedó abierto para todos los que creen.

Ya no existe una barrera entre Dios y nosotros.

Tenemos acceso al trono de la gracia.

Tenemos una línea directa con nuestro Padre celestial.

Entonces, ¿por qué vivir como si fuéramos ciudadanos de segunda categoría cuando Dios nos ha dado el privilegio de ser sus hijos?

En Cristo ya no somos extranjeros

Pablo continúa desarrollando esta verdad en Efesios 2:19:

“Así que ahora ustedes los gentiles ya no son unos desconocidos ni extranjeros”.

Para comprender la profundidad de esta declaración debemos recordar el contexto de la época. Los judíos se consideraban el pueblo escogido de Dios, mientras que los gentiles eran vistos como personas ajenas a las promesas divinas.

Pero Cristo cambió esa realidad para siempre.

Efesios 2:14 declara:

“Cristo nos ha dado la paz. Por medio de su sacrificio en la cruz, Cristo ha puesto fin al odio que, como una barrera, separaba a los judíos de los que no son judíos, y de dos pueblos ha hecho uno solo”.

La cruz derribó las barreras humanas.

La cruz eliminó las divisiones espirituales.

La cruz declaró que todos necesitan gracia, todos necesitan salvación y todos tienen acceso al Padre por medio de Jesucristo.

Ya no existe un pueblo privilegiado y otro rechazado. Ahora todos los que creen forman parte del mismo pueblo de Dios.

Nuestra identidad principal es espiritual

Vivimos en una cultura que constantemente enfatiza las diferencias. Sin embargo, la Biblia nos recuerda que nuestra identidad más profunda no está en nuestra nacionalidad ni en nuestra cultura.

Gálatas 3:28 dice:

“Así que no importa si son judíos o no lo son, si son esclavos o libres, o si son hombres o mujeres. Si están unidos a Jesucristo, todos son iguales”.

Pablo no está diciendo que nuestras culturas desaparecen. No está diciendo que dejamos de apreciar nuestras tradiciones, idiomas o costumbres.

Lo que está diciendo es que ninguna de esas diferencias determina nuestro valor delante de Dios.

Antes de ser bolivianos, salvadoreños, mexicanos, hondureños, venezolanos, argentinos o estadounidenses, somos hijos de Dios.

Nuestra identidad principal no es cultural.

Nuestra identidad principal es espiritual.

Somos ciudadanos del Reino de Dios.

Ciudadanos del cielo

Muchos viven preocupados por cuestiones legítimas: documentos migratorios, residencia, ciudadanía, estabilidad económica o aceptación social.

Pero Filipenses 3:20 nos recuerda una verdad eterna:

“Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo”.

Nuestra ciudadanía más importante no es terrenal.

Los gobiernos cambian.

Las leyes cambian.

Las economías cambian.

Las sociedades cambian.

Pero Dios permanece para siempre.

Nuestra esperanza no descansa en un sistema humano sino en el Reino eterno de Dios.

Eso no significa que ignoremos las realidades de esta vida. Significa que nuestra seguridad final no depende de ellas.

Nuestra verdadera ciudadanía está garantizada por Cristo.

Escogidos por Dios

Primera de Pedro 2:9 declara:

“Pero ustedes son miembros de la familia de Dios, son sacerdotes al servicio del Rey y son su pueblo”.

Qué identidad tan extraordinaria.

Somos escogidos.

Somos sacerdotes.

Somos nación santa.

Somos posesión de Dios.

Tal vez la sociedad nos rechace.

Tal vez otros nos menosprecien.

Tal vez alguna vez nos sintamos invisibles.

Pero Dios nos escogió.

No estamos aquí por casualidad.

Cada creyente forma parte de un propósito eterno diseñado por Dios.

Jesús entiende nuestra historia

A veces pensamos que Dios está demasiado lejos para comprender nuestras luchas. Sin embargo, Jesús experimentó muchas de las situaciones que nosotros enfrentamos.

Cuando era niño, José recibió una advertencia celestial y tuvo que huir con María y Jesús hacia Egipto para escapar de la persecución de Herodes.

Jesús conoció lo que significa abandonar su tierra.

Conoció la incertidumbre.

Conoció el desplazamiento.

Conoció el rechazo.

Por eso Mateo 25:35 tiene un significado tan profundo:

“Pues fui extranjero, y me invitaron a su hogar”.

Jesús se identifica con el extranjero.

Jesús comprende el miedo.

Jesús comprende la necesidad de comenzar de nuevo.

Jesús comprende nuestras luchas porque Él mismo caminó entre nosotros.

Lo que Dios dice de nosotros

Cuando las voces del mundo intentan definirnos, debemos volver a la Palabra de Dios.

La Biblia declara que:

  • Somos hijos de Dios (Juan 1:12).
  • Somos una nueva creación (2 Corintios 5:17).
  • Somos amados y escogidos (Colosenses 3:12).
  • Somos justificados por su gracia (Romanos 5:1).
  • Somos templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19).
  • Somos embajadores de Cristo (2 Corintios 5:20).
  • Somos más que vencedores (Romanos 8:37).
  • Somos la obra maestra de Dios (Efesios 2:10).
  • Somos herederos de sus promesas (Romanos 8:17).
  • Somos la luz del mundo (Mateo 5:14).
  • Somos la sal de la tierra (Mateo 5:13).
  • Somos amigos de Jesús (Juan 15:15).

Esta es nuestra verdadera identidad.

Conclusión

Gálatas 2:20 resume esta realidad de manera extraordinaria:

“Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.

La identidad del creyente no se basa en sentimientos, circunstancias o etiquetas humanas.

Se basa en lo que Dios ha declarado.

Por eso, la próxima vez que el rechazo, la discriminación o la inseguridad intenten convencerle de que es una persona de segunda categoría, recuerde quién es usted en Cristo.

Usted es hijo de Dios.

Usted es parte de la familia de Dios.

Usted es ciudadano del cielo.

Usted es escogido.

Usted es amado.

Usted es heredero.

Usted es la obra maestra de Dios.

En Cristo, somos amados, aceptados, perdonados y llamados con propósito. Y ninguna etiqueta de este mundo puede cambiar la identidad que Dios nos ha dado.

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