Juan Bacarreza – Cuando una persona viene a Cristo, comienza una obra que no nace del mérito humano, sino de la gracia de Dios. El Espíritu Santo regenera, habita en el creyente, lo sella y empieza a transformar su vida. El bautismo hace visible públicamente esa nueva realidad: ahora pertenecemos a Cristo.
Jesús preparó a sus discípulos para la llegada del Espíritu Santo y les enseñó que su presencia permanecería con ellos. Desde entonces, la vida cristiana no consiste solamente en conocer acerca de Dios, sino en permitir que su Espíritu transforme nuestra manera de pensar, actuar y relacionarnos.
Efesios 5:15-20 ayuda a entender qué significa ser llenos del Espíritu. Pablo contrasta una vida fuera de control con una vida dirigida por Dios. Estar llenos del Espíritu no significa perder nuestras facultades, sino permitir que Él gobierne nuestras decisiones, fortalezca nuestro carácter y nos conduzca a vivir con sabiduría.
Esa llenura tampoco puede separarse de la Palabra de Dios. Conocer versículos no es suficiente si utilizamos la Biblia solamente para defender nuestras propias ideas. Necesitamos acercarnos a ella con humildad, oración y disposición para ser corregidos. El Espíritu Santo nos guía para entender la Palabra, obedecerla y permitir que transforme nuestro corazón.
La evidencia más clara de esa transformación aparece en Gálatas 5:22-23: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. El fruto del Espíritu se ve en la manera en que tratamos a otros, servimos, mostramos hospitalidad y dedicamos tiempo a las necesidades de quienes nos rodean.
Por eso una iglesia llena del Espíritu no se reconoce solamente por lo que sucede durante una reunión, sino por el amor que demuestra después. Quien enseña, sirve, recibe, prepara, acompaña o se preocupa genuinamente por otra persona está haciendo visible el fruto de Dios en su vida.
Tal vez una buena pregunta para evaluar nuestra vida espiritual sea muy sencilla: ¿cómo puedo servirte?
La llenura del Espíritu Santo es una vida que se rinde continuamente a Dios, se alimenta de su Palabra y permite que el carácter de Cristo sea formado en ella.
Una iglesia que ama es una iglesia donde la presencia del Espíritu Santo puede verse.

