Pastor Gustavo Ceballos – La historia de Emanuel es la historia de un Dios que decidió acercarse. Desde el principio, Dios ha buscado que el ser humano lo conozca, experimente su presencia y tenga una relación íntima con Él. Esa búsqueda alcanza su expresión más profunda cuando sucede lo impensable: el Dios eterno, omnipotente y creador de todas las cosas se hace humano.
Mateo presenta el nacimiento de Jesús como el cumplimiento de la promesa de Isaías: “Emanuel”, Dios con nosotros. En Jesús encontramos una combinación extraordinaria. Como hombre, experimentó hambre, cansancio, tristeza, dolor y traición; por eso comprende nuestra fragilidad. Como Dios, tiene autoridad y poder para salvar, sostener y rescatar. Como hombre nos entiende; como Dios nos socorre.
Los discípulos experimentaron esa cercanía de una manera física. Durante años caminaron con Jesús, escucharon su voz y compartieron la vida con Él. Por eso, su partida debió resultar difícil de comprender. Jesús había prometido estar con ellos y, sin embargo, ahora hablaba de irse. Pero antes de partir les explicó que su ausencia física no significaría abandono: vendría el Consolador.
Pentecostés revelaría algo todavía más profundo. Emanuel ya no estaría solamente caminando al lado de sus discípulos; por medio del Espíritu Santo, Dios estaría presente en ellos. La cercanía física daría paso a una intimidad espiritual permanente. Dios no los estaba abandonando; se estaba haciendo más íntimo que nunca.
Esta verdad cambia nuestra manera de interpretar los momentos difíciles. En el valle, cuando aparecen el temor, la incertidumbre, el cansancio o el desánimo, podemos pensar que Dios está lejos. Sin embargo, la promesa del Salmo 23 sigue siendo: “Tú estarás conmigo.” Hay aspectos de Dios que disfrutamos en las cumbres, pero muchas veces es en los valles donde aprendemos a conocerlo íntimamente.
También encontramos a Emanuel en el desierto. Esos períodos de escasez, espera y silencio pueden hacernos sentir abandonados. Pero el desierto puede convertirse en un lugar de dependencia. Allí donde otras fuentes parecen secarse, la presencia de Dios puede satisfacer nuestra necesidad más profunda. Nuestra necesidad puede convertirse en un regalo cuando nos lleva a depender más de Dios.
Emanuel también permanece durante las tormentas. Hay crisis que llegan inesperadamente y amenazan con desestabilizar todo: una mala noticia, una dificultad económica, un conflicto familiar o cualquier situación que escapa de nuestro control. La presencia de la tormenta, sin embargo, no significa la ausencia de Dios. Por eso necesitamos recordar una verdad sencilla pero poderosa: no permitamos que la presencia de la tormenta nos lleve a dudar de la presencia de Dios.
Incluso en nuestras cuevas Dios continúa acercándose. Elías se escondió agotado y temeroso, pero Dios fue a su encuentro. Y cuando habló, lo hizo mediante un suave susurro. No necesitaba gritar porque estaba cerca. Hay momentos en los que necesitamos aquietar nuestro corazón para volver a escuchar la voz de Dios y recibir valor para enfrentar aquello de lo que hemos estado huyendo.
Emanuel significa que no existe un lugar de nuestra historia donde Dios deje de ser “Dios con nosotros”. Está presente en la cumbre y en el valle, en la abundancia y en el desierto, en la calma y en la tormenta, cuando avanzamos con seguridad y cuando nos escondemos en una cueva.
Jesús se acercó hasta hacerse uno de nosotros, se humilló, sirvió y entregó su vida. Y por medio de su Espíritu continúa presente en quienes le pertenecen. Emanuel no es solamente un nombre para recordar en Navidad; es una verdad para vivir cada día.
Podemos confiar en Emanuel porque el Dios que decidió acercarse también decidió permanecer: está con nosotros y no nos abandona.

