ÍCONO: La invitación transformadora de la cruz

Pastor Eulises Gil – La cruz se ha convertido en el símbolo más reconocido de la fe cristiana. Sin embargo, en el primer siglo no representaba prestigio, belleza ni victoria. Era un instrumento de vergüenza, sufrimiento y muerte. Precisamente por eso resulta tan significativo que los primeros seguidores de Jesús terminaran identificándose con ella. La cruz no solamente recuerda lo que Cristo hizo por nosotros; también representa el camino al que Jesús invita a quienes deciden seguirle.

Seguir a Jesús no es únicamente una decisión que tomamos una vez. No se limita a una oración, un momento de emoción o incluso al bautismo. Es una decisión que vuelve a presentarse cada día: elegir servir en lugar de ser servidos, perdonar cuando sería más fácil guardar resentimiento, amar cuando cuesta hacerlo y, algunas veces, aceptar el segundo lugar para que alguien más pueda avanzar. Cada una de esas decisiones permite que lo que conocemos acerca de Jesús pase de nuestra mente al corazón y, finalmente, se manifieste en nuestra manera de vivir.

Una idea diferente de grandeza

En Marcos 10, Jesús va camino a Jerusalén. Sus discípulos todavía imaginaban que el Mesías establecería un reino de acuerdo con los modelos de poder que ellos conocían. Pero mientras ellos pensaban en posiciones y reconocimiento, Jesús intentaba prepararles para algo completamente diferente.

Marcos 10:32-34

“Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús se les adelantó… De nuevo tomó aparte a los doce y comenzó a decirles lo que le sucedería.”

Jesús les explicó que sería entregado, humillado, azotado y condenado a muerte. Sin embargo, inmediatamente después de escuchar esto, Santiago y Juan se acercaron con una petición.

Marcos 10:35-37

“Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir… Concédenos que en tu glorioso reino uno de nosotros se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda.”

Mientras Jesús hablaba de entregar su vida, ellos estaban pensando en ocupar los lugares más importantes. Esta conversación revela una lucha que todavía podemos experimentar nosotros: el deseo de reconocimiento, posición, influencia y éxito. El problema no está necesariamente en crecer o tener influencia, sino en preguntarnos por qué queremos tenerla y para qué vamos a utilizarla.

Cuando los otros discípulos se enteraron de lo que Santiago y Juan habían pedido, se indignaron. Entonces Jesús reunió a todos y les explicó que su Reino funcionaba de una manera completamente diferente.

Marcos 10:42-44

“Como ustedes saben, los que se consideran gobernantes de las naciones oprimen al pueblo, y los altos oficiales abusan de la autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes debe ser su servidor, y el que quiera ser el primero debe ser esclavo de todos.”

Estas palabras invierten nuestra manera natural de entender la grandeza. En el Reino de Dios, ser grande no significa conseguir que más personas nos sirvan. Grande es aquel que decide ponerse al servicio de los demás. Jesús presenta un modelo en el que la influencia no se utiliza para obtener privilegios, sino para levantar, ayudar, cuidar y amar.

El camino de la cruz

Jesús no solamente enseñó este principio. Él mismo lo vivió.

Marcos 10:45

“Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.”

Este versículo resume el corazón del mensaje. Jesús, teniendo autoridad y poder, no eligió ser servido. Eligió servir. No vino para quitar la vida de otros con el propósito de establecer su Reino; decidió entregar la suya. El Rey tomó el lugar del siervo.

Por eso la cruz se convirtió en el gran ícono del cristianismo. Representa a un Rey lleno de gracia y amor que escogió el camino de la entrega. Y ese mismo Jesús invita a sus seguidores a caminar detrás de Él.

¿Cómo se ve hoy ese camino? Se ve cuando decidimos servir. Cuando dejamos que alguien más ocupe el primer lugar. Cuando perdonamos a quien nos ha herido. Cuando ayudamos a alguien sin esperar recompensa. Cuando usamos nuestros recursos para bendecir. Cuando lavamos, figurativamente, los pies de quienes están a nuestro alrededor.

Una decisión de cada día

Seguir a Jesús no consiste solamente en creer algo acerca de Él. El cristianismo es una invitación diaria a permitir que sus enseñanzas transformen nuestra manera de vivir.

Lo que sabemos acerca de Jesús debe pasar de nuestra mente al corazón y del corazón a nuestras acciones. Saber que debemos amar debe llevarnos a amar. Saber que debemos perdonar debe llevarnos a perdonar. Saber que debemos servir debe llevarnos a extender nuestras manos y servir.

Los primeros seguidores de Jesús entendieron finalmente esta verdad. Después de encontrarse con Cristo resucitado, muchos entregaron literalmente sus vidas por el mensaje que habían recibido. El cristianismo no transformó al mundo mediante una espada o una lucha por alcanzar posiciones de poder. Fueron hombres y mujeres que decidieron amar, servir, dar y permanecer fieles a Jesús quienes llevaron el mensaje de generación en generación.

Por eso, si queremos que nuestros hijos, nuestras familias y nuestras comunidades conozcan a Jesús, tenemos que continuar transitando ese mismo camino.

La invitación sigue abierta

La cruz nos coloca frente a una elección. Cada día tendremos oportunidades para decidir entre ser servidos o servir; guardar resentimiento o perdonar; buscar únicamente nuestro beneficio o vivir con las manos abiertas.

Y cuando parezca demasiado difícil, podemos regresar nuevamente a las palabras de Jesús:

Marcos 10:45

“Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.”

Cada vez que elegimos el camino de la cruz, algo comienza a transformarse dentro de nosotros: nuestro carácter, nuestra mente y nuestro corazón. Poco a poco nuestra vida empieza a parecerse más a la de Jesús.

La cruz entonces deja de ser solamente un símbolo que llevamos, observamos o colocamos en nuestros templos. Se convierte en una forma de vivir.

Esa es la invitación transformadora de la cruz: elegir servir, elegir amar, elegir perdonar y elegir, una y otra vez, seguir el camino de Jesús.

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