Pastor Gustavo Ceballos – Antes de irse, Jesús dijo a sus discípulos algo que en ese momento resultaba difícil de comprender: “Os conviene que yo me vaya”. Ellos habían pasado años caminando con Él, escuchándolo, observando cómo trataba a las personas y viendo cómo constantemente se apartaba para encontrarse con el Padre. ¿Cómo podía ser mejor que Jesús ya no estuviera físicamente con ellos?
La respuesta llegaría con el Espíritu Santo. Jesús ya no estaría solamente con ellos, sino que Dios estaría en ellos. Esta realidad cambia nuestra manera de entender lo que significa estar con Jesús. No necesitamos viajar a un lugar especial para encontrarlo. Por medio del Espíritu Santo podemos vivir en comunión con Él en medio de nuestra vida cotidiana. Pasted markdown
Pero aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: nunca ha sido tan fácil acercarnos a Dios y, al mismo tiempo, nunca hemos tenido tantas cosas compitiendo por nuestra atención.
Hacer nuestro hogar en Jesús
Jesús dijo:
“Permaneced en mí, y yo en vosotros… el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” — Juan 15:4-5
Permanecer significa mucho más que visitar ocasionalmente. Es hacer nuestro hogar en Él.
Nuestra mente también tiene lugares a los que acostumbra regresar. Cuando dejamos de estar ocupados, nuestros pensamientos rápidamente vuelven a las preocupaciones, las responsabilidades, los problemas, las redes sociales o aquello que nos produce ansiedad.
Jesús nos invita a desarrollar un nuevo lugar de regreso: Él mismo.
Esto significa aprender a volver a Dios mientras trabajamos, conducimos, caminamos o hacemos una pausa entre una actividad y otra. Es lo que Pablo expresa cuando dice: “Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17). No significa abandonar nuestras responsabilidades para pasar todo el día de rodillas, sino aprender a vivir conscientes de la presencia de Dios.
La pregunta entonces es: ¿A dónde regresa nuestra mente cuando tiene un espacio libre?
Permanecer también es permitir que su Palabra permanezca
Jesús continúa diciendo:
“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.” — Juan 15:7
Podemos escuchar un sermón, leer un devocional o recibir un versículo y olvidarlo pocos minutos después. Pero Jesús habla de algo diferente: permitir que sus palabras permanezcan.
Podemos leer un pasaje por la mañana y regresar a él durante el día. Recordarlo mientras conducimos. Pensarlo durante una pausa. Preguntarnos: ¿Qué me está diciendo Dios? ¿Cómo se relaciona esto con lo que estoy viviendo? ¿Qué necesita cambiar en mí?
De esta manera, poco a poco, nuestra mente comienza a regresar espontáneamente a la verdad de Dios en lugar de regresar siempre a la preocupación.
Jesús también tuvo que hacer espacio para orar
Si alguien podía argumentar que estaba demasiado ocupado para detenerse a orar, era Jesús. Multitudes lo buscaban. Había enfermos esperando, discípulos que necesitaban enseñanza y personas reclamando constantemente su atención.
Sin embargo:
“Él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.” — Lucas 5:16
En otra ocasión, Jesús pasó toda la noche orando antes de escoger a sus doce discípulos (Lucas 6:12-13).
Los discípulos observaron este ritmo. Ellos ya conocían las oraciones de su tradición, pero percibieron algo diferente en la manera en que Jesús se relacionaba con el Padre. Por eso le hicieron una petición extraordinaria:
“Señor, enséñanos a orar.” — Lucas 11:1
No le pidieron que les enseñara a caminar sobre el agua. Le pidieron que les enseñara a orar.
Habían comprendido que detrás de la vida pública de Jesús existía una profunda vida privada con el Padre.
La oración comienza hablando con Dios
Jesús respondió enseñándoles el Padre Nuestro. La oración puede comenzar utilizando palabras que Dios mismo nos ha dado. Podemos orar las Escrituras, los Salmos o las palabras que Jesús enseñó.
También podemos hablar con Dios acerca de nuestra propia vida. Podemos contarle lo que sentimos, agradecer, confesar, llorar y pedir.
Jesús mismo dijo que podemos pedir.
Pero una relación profunda no puede sostenerse solamente con un monólogo. Si queremos crecer en intimidad con Dios, también necesitamos aprender a escuchar.
Aprender a reconocer su voz
Jesús dijo:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.” — Juan 10:27
Reconocemos fácilmente la voz de alguien con quien hemos pasado mucho tiempo. No necesitamos estudiarla técnicamente; simplemente la conocemos porque conocemos a la persona.
Algo semejante ocurre en nuestra relación con Jesús.
Aprender a reconocer su voz requiere permanecer cerca de Él y conocer profundamente su Palabra. Podemos leer un pasaje y, en lugar de cerrar inmediatamente la Biblia para continuar con nuestra siguiente actividad, detenernos y preguntar:
“Señor, ¿qué quieres decirme?”
Y después guardar silencio.
El silencio puede resultar incómodo porque vivimos en una cultura que nos ha enseñado que cada espacio debe llenarse. Pero no todo momento aparentemente improductivo es tiempo perdido.
A veces necesitamos dejar de hablar para escuchar.
Estar con Dios sin necesidad de muchas palabras
Existe todavía una dimensión más profunda de la oración: simplemente estar con Dios.
Pablo escribe:
“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen.” — 2 Corintios 3:18
Hay algo transformador en contemplar a Dios.
No siempre tenemos que llegar a su presencia con una lista de peticiones. Hay momentos para simplemente reconocer quién es Él, permanecer en su amor y permitir que nuestra alma descanse delante de Él.
En Getsemaní, Jesús pidió que, si era posible, aquella copa pasara de Él. Pero finalmente oró:
“No se haga mi voluntad, sino la tuya.” — Lucas 22:42
La oración no solamente busca cambiar nuestras circunstancias. Muchas veces la oración permite que Dios nos transforme en medio de nuestras circunstancias.
La oración es un hábito que puede aprenderse
Santiago escribe:
“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores.” — Santiago 1:22
Nuestra capacidad de estar con Dios también necesita práctica.
No debemos sentirnos derrotados porque nuestra mente se distrae después de dos minutos de oración. Si durante años hemos entrenado nuestra atención para reaccionar inmediatamente a notificaciones, mensajes y estímulos constantes, necesitaremos tiempo para formar nuevos hábitos.
Por eso podemos comenzar de manera sencilla.
Si normalmente no oramos, podemos comenzar con unos minutos. Dejar el teléfono lejos. Leer lentamente un pasaje. Hablar con Dios. Guardar un momento de silencio. Y cuando nuestra mente se distraiga, en lugar de condenarnos, simplemente regresar.
Regresar a Dios.
Y volver a hacerlo mañana.
Con el tiempo, aquello que inicialmente requería un esfuerzo consciente comienza a convertirse en un ritmo de vida.
Permanecer para producir fruto
Jesús explicó cuál sería el resultado:
“Cuando producen mucho fruto, demuestran que son mis verdaderos discípulos. Eso le da mucha gloria a mi Padre.” — Juan 15:8
Nuestro objetivo no es convertirnos en expertos en técnicas de oración. El propósito es permanecer suficientemente cerca de Jesús para que su vida vaya tomando forma en nosotros.
El fruto del Espíritu —amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio— no aparece simplemente porque decidimos esforzarnos más. Crece mientras permanecemos conectados a Cristo.
Los primeros frutos quizá no sean perfectos. La transformación necesita tiempo. Pero una planta que permanece conectada, recibe alimento y continúa creciendo eventualmente dará fruto.
Por eso, en un mundo que constantemente reclama nuestra atención, quizá una de las decisiones espirituales más importantes sea recuperar nuestra capacidad de detenernos y regresar a Jesús.
Comencemos donde estamos. Unos minutos. Una Biblia abierta. El teléfono lejos. Una conversación sincera. Un momento de silencio.
Y cuando nuestra mente vuelva a distraerse, no nos rindamos.
Volvamos al hogar. Volvamos a Jesús.
Porque antes de poder ser como Jesús y hacer lo que Jesús hizo, necesitamos aprender a estar con Jesús.

