Estar con Jesús en un mundo distraído

Erick Larios – Jesús subió al monte y llamó a quienes había escogido. Marcos resume el propósito de aquel llamado con dos expresiones que revelan el corazón del discipulado: “estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar” (Marcos 3:14). El orden es importante. Primero estar con Jesús; después ser enviados por Jesús. Antes del ministerio estaba la comunión, antes de la misión estaba la formación y antes de representarlo públicamente, los discípulos necesitaban conocerlo personalmente.

Esta verdad resulta especialmente importante en una vida llena de ruido, prisa y distracciones. Desde que despertamos, nuestra atención comienza a ser reclamada por el teléfono, las responsabilidades, el trabajo, la familia y los problemas que debemos resolver. Podemos estar permanentemente conectados con otras personas y, al mismo tiempo, vivir desconectados de Dios. Incluso podemos estar muy ocupados haciendo cosas para Jesús sin dedicar tiempo para estar con Jesús.

El discipulado no comienza con todo lo que hacemos para Cristo. Comienza con nuestra disposición a permanecer cerca de Él. Cuando Jesús llamó a sus discípulos, no comenzó entregándoles un manual. Los invitó a seguirlo. Caminaron con Él, comieron con Él, escucharon sus enseñanzas y observaron cómo trataba a los enfermos, a los rechazados y a quienes se acercaban buscando esperanza. También estuvieron presentes cuando Jesús descansaba, oraba y buscaba la presencia del Padre.

Así fueron aprendiendo a vivir como su Maestro. Esta sigue siendo la esencia del discipulado: estamos con Jesús para aprender de Jesús y llegar a ser como Jesús. No basta con escuchar una predicación una vez por semana o acumular conocimiento bíblico. Necesitamos organizar nuestra vida de manera que podamos permanecer cerca de Cristo y permitir que su presencia transforme nuestro carácter.

Permanecer para ser transformados

Con el tiempo, la influencia de Jesús comenzó a hacerse visible en sus discípulos. Hechos 4:13 relata que, cuando las autoridades observaron la valentía de Pedro y Juan, “les reconocían que habían estado con Jesús”. Aquellos hombres no habían sido transformados instantáneamente. Habían cometido errores, discutido entre ellos y muchas veces no habían entendido al Maestro. Pero continuaron caminando con Él.

También nosotros terminamos siendo influenciados por aquello a lo que dedicamos nuestra atención y nuestro tiempo. Por eso Jesús dijo: “Permaneced en mí, y yo en vosotros… el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4–5).

La rama no produce fruto mediante un esfuerzo desesperado. Produce porque permanece conectada a la vid. De la misma manera, la transformación espiritual no ocurre solamente intentando ser mejores. Podemos modificar algunas conductas durante cierto tiempo, pero el fruto verdadero nace de una relación continua con Cristo.

Por eso actividad y fruto no son necesariamente lo mismo. Podemos estar ocupados en la iglesia y continuar siendo impacientes. Podemos conocer muchos versículos y tratar mal a nuestra familia. Las prácticas espirituales no existen para ganar el amor de Dios, sino para abrir nuestra vida a la presencia transformadora de Jesús.

Hacer espacio para la oración

Una de esas prácticas es la oración. “Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35). Jesús tenía multitudes que atender, enfermos que sanar y discípulos que enseñar, pero aun así apartaba tiempo para estar con el Padre.

La oración no era una interrupción de su ministerio; era la fuente de su ministerio.

También nosotros necesitamos recuperar la oración como un encuentro con Dios y no solamente como una lista de peticiones. Orar es hablar, pero también escuchar. Es presentar nuestras necesidades, entregar nuestros temores y permitir que Dios examine nuestro corazón. Si queremos aprender a vivir como Jesús, necesitamos aprender a buscar la presencia del Padre como Jesús lo hacía.

Cerrar la puerta al ruido

Jesús también enseñó: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto” (Mateo 6:6).

En nuestro tiempo, cerrar la puerta puede significar algo muy práctico: dejar el teléfono, silenciar las notificaciones y apartarnos por unos minutos de todo aquello que compite por nuestra atención. Necesitamos espacios donde no tengamos que producir, correr, responder ni impresionar a nadie. Momentos donde podamos decir: “Durante este tiempo simplemente voy a estar con Jesús”.

Nuestra vida pública con Dios difícilmente será más profunda que nuestra vida privada con Él. Los discípulos no fueron transformados solamente escuchando a Jesús frente a las multitudes. También estuvieron con Él en privado. Allí fueron corregidos, enseñados y formados.

Muchas veces el problema no es que Dios haya dejado de hablar, sino que nosotros vivimos sin cerrar ninguna puerta. Por eso necesitamos recuperar el silencio y la soledad delante de Dios. Lo que Dios forma en secreto terminará haciéndose visible en nuestra manera de vivir.

Aprender a detenernos

Otra práctica necesaria es el reposo. Jesús dijo: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27). El descanso fue diseñado como un regalo, no como una carga.

Detenernos regularmente nos recuerda que nuestra identidad no depende de nuestra productividad. Podemos adorar, compartir con nuestra familia, disfrutar de la creación y prestar atención al estado de nuestra alma. No todos tenemos los mismos horarios, pero todos necesitamos establecer ritmos en los que dejemos de producir para simplemente disfrutar de Dios.

El Salmo 46:10 expresa esta invitación de manera sencilla: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”.

Descansamos no porque finalmente hayamos terminado todo lo que teníamos que hacer, sino porque confiamos en que Dios continúa obrando cuando nosotros nos detenemos. El reposo es también una declaración de confianza.

Primero estar con Él

Jesús llamó a sus discípulos primero para que estuvieran con Él y después los envió. Ellos aprendieron a vivir observando a su Maestro. Lo vieron orar, amar, servir, perdonar, descansar y depender del Padre. Con el tiempo, otras personas pudieron reconocer que habían estado con Jesús.

Ese sigue siendo nuestro llamado.

En un mundo que constantemente compite por nuestra atención, seguir a Jesús requiere una decisión intencional: hacer espacio para su presencia. Necesitamos orar, cerrar algunas puertas, guardar silencio, descansar y permanecer conectados a Él.

No se trata simplemente de hacer más cosas para Jesús. Se trata de permanecer suficientemente cerca de Él para que su vida transforme la nuestra.

Primero estar con Jesús. Después vivir como Jesús. Porque estamos con Jesús para aprender de Jesús y llegar a ser como Jesús.

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