“Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: ‘Yo soy El Shaddai; anda delante de mí y sé perfecto.’” (Génesis 17:1)
por Erick Larios – Todos tenemos un concepto de Dios. Cuando escuchamos la palabra “Dios”, no todos pensamos en lo mismo. Nuestra imagen de Él ha sido formada por la familia en la que crecimos, nuestra cultura, las experiencias que hemos vivido, las oraciones que hemos visto responder y también por las decepciones que hemos enfrentado.
Por eso dos personas pueden decir la palabra “Dios” y estar imaginando a alguien completamente diferente.
El teólogo A. W. Tozer escribió: “Lo más importante acerca de una persona es lo que viene a su mente cuando piensa en Dios.” La pregunta no es solamente si creemos en Dios, sino qué clase de Dios creemos que es. La respuesta a esa pregunta determina la manera en que vivimos nuestra fe.
Conocer a Dios cambia nuestra confianza
La primera vez que Dios se presenta como El Shaddai ocurre en un momento muy particular de la vida de Abraham.
“Yo soy El Shaddai; anda delante de mí y sé perfecto.” (Génesis 17:1)
Dios no hace esta declaración cuando Abraham todavía es joven ni cuando la promesa parece fácil de cumplir. Lo hace cuando Abraham tiene noventa y nueve años, Sara ochenta y nueve, y ambos han esperado cerca de veinticinco años por el hijo prometido. Humanamente, todo parece imposible.
Es precisamente cuando las fuerzas humanas llegan a su límite que Dios revela un nuevo aspecto de su carácter. Abraham ya no puede hacer nada para cumplir la promesa por sí mismo, y es entonces cuando conoce al Dios Todopoderoso.
Muchas veces nosotros también conocemos a Dios solamente hasta el límite de nuestras propias capacidades. Mientras creemos que podemos resolver las cosas por nuestras fuerzas, todavía no hemos descubierto plenamente quién es El Shaddai.
El peligro de reducir a Dios al tamaño de nuestra lógica
Antes de Génesis 17, Abraham ya conocía la promesa, pero todavía no conocía completamente al Dios que la había hecho.
Por eso intentó ayudar a Dios. El nacimiento de Ismael fue el resultado de un razonamiento humano: si Dios había prometido un hijo, quizá necesitaba un poco de ayuda para cumplirlo.
Con frecuencia hacemos exactamente lo mismo. Creemos que Dios puede hacer algunas cosas, pero comenzamos a poner límites a lo que consideramos posible.
Pensamos que Dios puede salvar, pero quizá no restaurar un matrimonio; que hizo milagros en el pasado, pero hoy las circunstancias son diferentes; que escucha oraciones, pero nuestro problema parece demasiado grande.
Sin darnos cuenta, terminamos creando una versión de Dios parecida a nosotros: limitada, impaciente y condicionada por las circunstancias.
No dejamos de creer en Dios; simplemente dejamos de creer que Él es verdaderamente El Shaddai.
Los nombres de Dios nacen de encuentros con Él
Algo fascinante en la Biblia es que muchos de los nombres por los que conocemos a Dios surgieron después de que alguien experimentó personalmente su obra.
Agar lo llamó El Roi porque Dios la vio en su aflicción. Abraham llamó aquel lugar Jehová Jireh porque Dios proveyó el sacrificio. Moisés levantó un altar llamado Jehová Nissi porque Dios dio la victoria, y Gedeón llamó al Señor Jehová Shalom porque encontró paz en medio del temor.
La experiencia produjo el nombre. Los nombres de Dios se convirtieron en testimonios vivos de lo que Él había hecho.
Sin embargo, también existen nombres que Dios mismo decidió revelar. Entre ellos están YHWH, “Yo Soy” y El Shaddai. En estos casos, Dios no esperó a que el hombre lo nombrara; Él mismo quiso mostrar quién es antes de que ocurriera el milagro.
Creer antes de ver
Aquí se encuentra uno de los grandes desafíos de la fe.
Dios se presentó como El Shaddai antes del nacimiento de Isaac. Abraham tuvo que creer en el carácter de Dios mucho antes de ver el cumplimiento de la promesa.
Eso sigue siendo la fe hoy. No consiste en creer después de ver el milagro, sino en confiar en quién es Dios mientras todavía estamos esperando.
Jesús expresó esta misma verdad cuando dijo:
“Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque todas las cosas son posibles para Dios.” (Marcos 10:27)
También el profeta Jeremías declaró:
“¡Ah, Señor Dios! He aquí que tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder y con tu brazo extendido; no hay nada que sea difícil para ti.” (Jeremías 32:17)
Nuestra esperanza no descansa en lo que parece posible para nosotros, sino en el poder del Dios que hizo la promesa.
Conocer a El Shaddai transforma nuestra historia
Con el paso del tiempo, todos acumulamos experiencias con Dios. Tal vez nunca añadiremos un nuevo nombre oficial a la lista de los nombres bíblicos, pero sí tendremos un testimonio personal.
Podremos decir que Él fue el Dios que sostuvo nuestra familia, restauró nuestro corazón, abrió una puerta donde parecía no haber salida, nos dio paz en medio de la ansiedad o nos fortaleció durante la enfermedad.
Cuando eso ocurre, dejamos de hablar únicamente de lo que hemos escuchado acerca de Dios y comenzamos a hablar de lo que hemos vivido con Él.
Como escribe el apóstol Pablo:
“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros…” (Efesios 3:20)
Conocer a Dios no consiste simplemente en aprender una lista de nombres en hebreo. El propósito siempre ha sido desarrollar una relación más profunda con Él. Jesús mismo dijo:
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3)
Una invitación a confiar en El Shaddai
Quizá hoy todavía estás esperando una respuesta. Tal vez la promesa parece tardar o las circunstancias hacen pensar que ya no hay esperanza.
Antes de cambiar las circunstancias, Dios muchas veces quiere transformar nuestro conocimiento de Él.
Cuando conocemos verdaderamente a El Shaddai, descubrimos que el poder de Dios es mayor que el tiempo de espera, que ninguna promesa depende de nuestras fuerzas y que su fidelidad nunca está limitada por lo que nosotros consideramos imposible.
No pongas tu fe únicamente en una promesa; ponla en el Dios que hizo la promesa. Porque cuando conoces a El Shaddai, puedes esperar con esperanza, no porque la situación parezca posible, sino porque conoces al Dios Todopoderoso que siempre cumple su palabra.

