Unidos para glorificar a Cristo

Dra. Ana Kelleyian – Unidos para glorificar a Cristo

La unidad comienza en Dios. Desde el relato de la creación encontramos una expresión que llama nuestra atención: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26). La presentación nos lleva desde allí a una verdad fundamental para la iglesia: unidad no significa uniformidad. Podemos ser diferentes y, al mismo tiempo, pertenecer a un mismo cuerpo y estar unidos por un mismo Espíritu. La verdadera unidad es una común unión, una vida compartida que tiene a Dios como centro.

Esta unidad fue tan importante para Jesús que ocupó un lugar especial en su oración antes de la cruz. En Juan 17 pidió al Padre por sus discípulos y también por quienes creerían posteriormente por medio de ellos:

“Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.” — Juan 17:21

Jesús relacionó directamente nuestra unidad con nuestro testimonio. Una iglesia unida comunica algo acerca de Cristo que las palabras por sí solas no pueden expresar. Cuando personas diferentes aprenden a caminar juntas, perdonarse, servirse y amarse, el mundo puede ver de manera práctica el poder transformador del Evangelio.

Por eso Jesús también dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos por los otros” (Juan 13:35). Nuestra identidad como discípulos no se demuestra solamente por cuánto conocemos de la Biblia, por nuestras actividades o por aquello que hacemos dentro de la iglesia. Jesús señaló el amor entre sus seguidores como una evidencia visible de que le pertenecemos.

Pero la unidad necesita ser cuidada. La presentación identifica varios enemigos capaces de destruirla: el orgullo, la competencia, los resentimientos y la falta de perdón. Presentación1.pptxPPTX Cuando permitimos que estas cosas permanezcan en nuestro corazón, comenzamos a levantar barreras precisamente entre las personas con quienes Dios nos ha llamado a caminar.

La respuesta bíblica es completamente diferente. Efesios nos llama a vivir “con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:2-3). La unidad requiere humildad para reconocer nuestros errores, paciencia para aceptar las diferencias, amor para permanecer juntos y suficiente gracia para perdonarnos.

También necesitamos recordar todo aquello que tenemos en común. Efesios 4:4-6 declara: “Un cuerpo, y un Espíritu… un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos.” Nuestras diferencias existen, pero no son mayores que aquello que nos une. Nuestra identidad más profunda no está en nuestras preferencias, culturas, personalidades o maneras particulares de hacer las cosas; está en Cristo. Somos diferentes miembros de un mismo cuerpo.

Esta verdad también elimina la necesidad de competir. Pablo preguntó: “¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído”, y luego añadió: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Corintios 3:5-6). En el Reino no necesitamos competir por reconocimiento, posiciones o protagonismo. Uno puede plantar y otro regar; cada persona puede cumplir una función diferente, pero finalmente es Dios quien produce el crecimiento.

Por eso, el nuevo tiempo que queremos construir como iglesia no puede construirse individualmente. La presentación termina proponiéndonos acciones muy sencillas y, a la vez, profundamente importantes: caminar juntos, orar juntos, aprender juntos, colaborar unos con otros y compartir la comunión.

La pregunta entonces deja de ser solamente qué esperamos que hagan los demás y se vuelve personal: ¿qué puedo hacer yo para que Cristo sea glorificado? Quizás necesitamos acercarnos a alguien, perdonar, pedir perdón, dejar de competir, comenzar a colaborar o simplemente aprender a escuchar. Cada uno puede contribuir a proteger y fortalecer la unidad del cuerpo.

La unidad no significa que todos seamos iguales. Significa que, siendo diferentes, decidimos caminar juntos con Cristo en el centro, porque somos un mismo cuerpo, tenemos un mismo Espíritu y servimos a un mismo Señor.

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