Pastor Gustavo Ceballos – La vida tiene temporadas en las que todo parece estar bien y otras en las que nuestras expectativas chocan con la realidad. Podemos estar agradecidos por algunas cosas y, al mismo tiempo, atravesar problemas familiares, económicos, laborales o de salud. En esos momentos surge una pregunta importante: ¿qué nos decimos a nosotros mismos cuando las cosas no salen como esperábamos?
Jeremías conoció muy bien esa experiencia. En Lamentaciones contempla una Jerusalén destruida, muy diferente de la ciudad que amaba y recordaba. Frente a tanta pérdida, reconoce que su mente vuelve una y otra vez al sufrimiento. Algo parecido puede ocurrirnos: solemos recordar con facilidad aquello que nos lastimó y, sin darnos cuenta, esos recuerdos comienzan a determinar la manera en que vemos el presente.
Sin embargo, en Lamentaciones 3 ocurre un cambio decisivo. Jeremías no niega lo que está viviendo, pero decide recordar algo más: “Pero algo más me viene a la memoria, lo cual me llena de esperanza” (Lamentaciones 3:21, NVI). Las circunstancias no habían cambiado; lo que cambió fue aquello en lo que decidió concentrar sus pensamientos.
Jeremías recuerda que el amor de Dios permanece, que sus misericordias no se terminan y que se renuevan cada mañana. En medio de las ruinas encuentra esperanza al recordar quién es Dios. Esa es una lección importante para nosotros: no se trata de ignorar nuestros problemas, sino de impedir que sean lo único que recordamos.
Podemos aprender a cultivar intencionalmente los buenos recuerdos: detenernos ante una bendición, agradecer por algo específico, guardar memoria de las veces que Dios nos sostuvo y reconocer las cosas buenas que siguen presentes aun durante una temporada difícil. Una dificultad puede ser verdadera sin convertirse en toda la verdad acerca de nuestra vida.
Finalmente, Jeremías hace algo todavía más personal: se habla a sí mismo. “Por tanto, digo: ‘El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!’” (Lamentaciones 3:24, NVI). En lugar de permitir que únicamente las circunstancias le hablen, comienza a recordarle a su propia alma quién es Dios.
Quizás necesitamos hacer lo mismo cada mañana. Antes de permitir que las preocupaciones definan nuestro día, podemos detenernos y recordar: Dios ha sido fiel, su misericordia es nueva hoy y todavía tenemos razones para esperar.
No podemos controlar todo lo que sucede, pero sí podemos decidir qué verdades alimentarán nuestros pensamientos. Conversemos con nuestra alma y recordémosle, una y otra vez, la fidelidad de Dios.

