Gustavo Ceballos – Gedeón estaba escondiendo trigo de sus enemigos cuando escuchó unas palabras que parecían contradecir completamente su realidad: «El Señor está contigo, porque eres un hombre valiente y aguerrido» (Jueces 6:12). Israel sufría bajo la opresión de los madianitas y Gedeón simplemente trataba de proteger lo poco que tenía. Su respuesta fue profundamente humana: «Señor mío, si el Señor está con nosotros, ¿cómo es que nos ha sobrevenido todo este mal?» (Jueces 6:13).
Esa pregunta sigue siendo nuestra pregunta. Si Dios está con nosotros, ¿por qué atravesamos situaciones que no entendemos? Una enfermedad, una pérdida, una crisis familiar, dificultades económicas o una oración que parece no tener respuesta pueden hacernos cuestionar dónde está Dios. Con frecuencia medimos su presencia por nuestras circunstancias: cuando todo marcha bien confiamos fácilmente; cuando algo se complica comenzamos a dudar.
Lo interesante es que Dios no responde a Gedeón explicándole todas las razones de lo que estaba sucediendo. Tampoco promete eliminar inmediatamente sus problemas. En cambio, le asegura su presencia y lo llama a actuar. Cuando Gedeón señala sus limitaciones y recuerda que pertenece a una familia insignificante y que él mismo es el menor, Dios responde: «Confía en mí, porque yo estoy contigo» (Jueces 6:16).
Aquí comienza a tomar sentido la palabra shalom. Normalmente la traducimos como «paz», pero su significado es mucho más amplio que la ausencia de problemas o conflictos. Shalom habla de plenitud, armonía, bienestar, restauración y de una vida colocada bajo el propósito de Dios. Es la posibilidad de estar completos en Él aun cuando alrededor nuestro todavía existen cosas que necesitan cambiar.
Cuando Gedeón finalmente reconoce que ha estado delante del Señor, siente temor. Dios le responde: «La paz sea contigo. No tengas miedo» (Jueces 6:23). Entonces Gedeón construye un altar y lo llama Yahvé-Shalom: «El Señor es la paz».
La diferencia es fundamental. Gedeón no dijo: «El Señor me dará paz». Tampoco esperó hasta derrotar a los madianitas para reconocerla. Antes de que sus circunstancias cambiaran descubrió que Dios mismo era su paz. El verdadero regalo no era simplemente escapar de la dificultad, sino experimentar la presencia de Dios dentro de ella.
Esto puede cambiar también nuestra manera de orar. Muchas veces pedimos: «Señor, cambia esta situación», «quita este problema» o «abre esta puerta». Son peticiones legítimas, pero quizá también deberíamos aprender a preguntar: «Señor, ¿cómo quieres usarme en medio de esta circunstancia?» Gedeón quería ser liberado de los madianitas; Dios decidió trabajar a través de él para enfrentar aquello que amenazaba a su pueblo.
La presencia de Dios no siempre significa que evitaremos una batalla. Algunas veces significa que podemos atravesarla sabiendo que no estamos solos.
Jesús expresó esta misma realidad a sus discípulos antes de la cruz: «La paz les dejo, mi paz les doy; yo no la doy como el mundo la da. No dejen que su corazón se turbe y tenga miedo» (Juan 14:27). Jesús sabía perfectamente las dificultades que enfrentarían. Su promesa no consistía en una vida sin problemas, sino en su presencia permanente por medio del Espíritu Santo.
La paz que ofrece el mundo normalmente depende de que todo esté bajo control. La paz de Cristo es diferente porque su origen no está en lo que sucede alrededor nuestro, sino en quién está con nosotros. Por eso Pablo puede decir algo todavía más profundo: «Cristo es nuestra paz» (Efesios 2:14). No solamente recibimos paz de Jesús; en Él encontramos reconciliación, plenitud y una nueva manera de relacionarnos con Dios y con los demás.
Tal vez necesitamos reconocer nuestros propios lugares de Yahvé-Shalom. Gedeón levantó un altar para recordar dónde había descubierto algo nuevo acerca del carácter de Dios. Para nosotros ese lugar podría ser una habitación de hospital, una temporada de incertidumbre, una conversación difícil, un problema familiar o una oración cuya respuesta todavía esperamos. Cualquier lugar puede convertirse en un recordatorio de Yahvé-Shalom cuando allí descubrimos que Dios permanece con nosotros.
Filipenses 4:6-7 nos invita a presentar nuestras preocupaciones delante de Dios y promete que «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús». No siempre tendremos todas las respuestas, pero podemos conocer a Aquel que permanece presente.
Yahvé-Shalom nos recuerda que no tenemos que esperar a que cambien nuestras circunstancias para encontrar paz. Dios mismo es nuestra paz en medio de ellas. Por eso podemos confiar en Él aun cuando no comprendamos el camino, porque «en ti confían los que conocen tu nombre, porque tú, Señor, jamás abandonas a los que te buscan»(Salmo 9:10).

