David Sequeira – David llegó al valle de Elá sin apariencia de guerrero. Era un joven pastor frente a Goliat, un hombre experimentado, armado y suficientemente intimidante como para paralizar al ejército de Israel. Sin embargo, David llevaba consigo algo que no podía medirse por su tamaño ni por su experiencia militar: conocía al Dios en quien confiaba.
Cuando Saúl dudó de que pudiera enfrentarse al gigante, David recordó cómo Dios lo había librado anteriormente del león y del oso. Aquellas experiencias habían formado su confianza para enfrentar una batalla mayor. David podía confiar en Dios frente a Goliat porque ya había comprobado su fidelidad en situaciones anteriores.
Pero el centro de la historia no está realmente en David ni en Goliat. Está en el nombre que David pronuncia antes de la batalla: Yahvé-Sabaoth, el Señor de los Ejércitos.
Este nombre presenta al Dios Todopoderoso cuya autoridad se extiende sobre las fuerzas de la tierra y los ejércitos del cielo. Nada visible o invisible está fuera de su gobierno. Por eso David declara: «Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo vengo contra ti en el nombre del Señor Todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel» (1 Samuel 17:45). Su confianza no estaba en su honda, sino en Aquel en cuyo nombre avanzaba.
Sin embargo, Yahvé-Sabaoth no significa que Dios utilizará su poder simplemente para cumplir nuestros deseos o eliminar cada dificultad. El poder de Dios está siempre unido a la voluntad de Dios. Por eso nuestra oración debe comenzar con las palabras de Jesús: «Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mateo 6:10).
Jesús mismo lo demostró cuando fue arrestado. Podía pedir al Padre más de doce legiones de ángeles, pero decidió no hacerlo porque la cruz formaba parte del propósito del Padre. Algunas veces el poder de Dios derriba a Goliat; otras veces nos sostiene mientras atravesamos el sufrimiento. En ambos casos, Él continúa siendo Yahvé-Sabaoth.
Esto cambia la manera en que enfrentamos nuestras propias batallas. En lugar de preguntar únicamente: «Señor, ¿puedes sacarme de esto?», también podemos preguntar: «Señor, ¿qué quieres hacer y cómo puedo obedecerte en medio de esto?»
David declaró: «La batalla es del Señor» (1 Samuel 17:47), pero eso no significó quedarse inmóvil. Tuvo que avanzar, tomar su honda y hacer aquello que Dios había puesto delante de él. Confiar en Dios significa obedecer mientras dejamos el resultado en sus manos.
Yahvé-Sabaoth nos recuerda que ninguna batalla es demasiado grande para Dios, pero también que su poder está al servicio de su voluntad, no de la nuestra. Conocer este nombre nos invita a someternos a sus propósitos, recordar su fidelidad y avanzar confiando en Él, aun cuando aquello que tenemos delante parezca imposible.
Porque los nombres de Dios siguen enseñándonos una misma verdad: podemos confiar en Él en todas las circunstancias.

