Por el pastor Wilson Macá – 8 de Abril 2025
Hay momentos en la vida donde los sueños parecen quedar en pausa. No porque hayan desaparecido, sino porque las circunstancias, las heridas o el tiempo hacen que dejemos de creer en ellos. Poco a poco, lo que antes era una expectativa viva se convierte en algo distante, casi imposible.
El Salmo 126 describe precisamente ese tipo de experiencia. Habla de un pueblo que estuvo en cautiverio durante años, viviendo una realidad que limitaba su esperanza. Para ellos, volver a su tierra no era una meta cercana, sino un sueño lejano, algo que parecía inalcanzable. Sin embargo, cuando finalmente Dios los restaura, la reacción es sorprendente: “éramos como los que sueñan”.
No era solo una alegría momentánea, era la sensación de estar viviendo algo que por mucho tiempo había parecido imposible. Lo que antes era un anhelo ahora se había convertido en realidad. Y eso transformó completamente su manera de ver las cosas.
Este pasaje nos invita a reflexionar sobre una pregunta muy personal: ¿qué sueños has dejado de creer que son posibles?
A lo largo de la vida, es fácil quedar “atado” a diferentes cosas. A veces son fracasos, otras veces son heridas del pasado, decisiones equivocadas o simplemente circunstancias que nos limitan. Ese tipo de cautiverio no siempre es físico, pero sí es real, porque afecta nuestra manera de pensar, de creer y de proyectarnos hacia el futuro.
Cuando una persona vive en ese estado, le resulta difícil imaginar algo distinto. Soñar deja de ser natural. Pensar en algo mejor parece irreal. Pero el mensaje del Salmo 126 muestra que cuando Dios interviene, no solo cambia la situación externa, sino también la perspectiva interna. Lo que parecía imposible comienza a tomar forma.
Y cuando eso sucede, hay una evidencia clara: la alegría regresa. La risa vuelve. La alabanza fluye de manera natural. No es una emoción forzada, es el resultado de ver la mano de Dios obrando de manera real.
Sin embargo, el pasaje también deja claro que este proceso no ocurre de forma automática ni superficial. Hay un principio espiritual que atraviesa todo el mensaje: el principio de la siembra y la cosecha. “Los que sembraron con lágrimas, con gozo segarán”. Esto nos recuerda que muchas veces los procesos comienzan en medio del dolor, del esfuerzo y de la perseverancia.
Sembrar con lágrimas no es una imagen cómoda. Habla de momentos difíciles, de decisiones que cuestan, de procesos donde no todo es visible de inmediato. Pero también habla de una promesa: habrá cosecha. Lo que se siembra con fe, aunque duela, producirá fruto en el tiempo correcto.
Esto conecta directamente con nuestra realidad hoy. Muchas veces queremos ver resultados inmediatos, pero olvidamos que primero hay un tiempo de siembra. Lo que estamos construyendo ahora, en nuestra vida personal, en nuestra familia o en la iglesia, es lo que veremos reflejado más adelante.
El mensaje también amplía la visión más allá de lo personal. No solo se trata de los sueños individuales, sino del propósito colectivo. Hay personas que aún viven “en cautiverio”, sin conocer a Dios, sin experimentar su amor ni su verdad. Y eso nos recuerda que parte del llamado es compartir ese mensaje, ser instrumentos para que otros también puedan experimentar libertad.
Además, hay sueños que no solo tienen que ver con lo personal, sino con lo que Dios quiere hacer a través de su iglesia. Sueños que tal vez quedaron en pausa: proyectos, ministerios, nuevas generaciones que necesitan levantarse, llamados que no se han desarrollado completamente. Todo eso forma parte de lo que Dios puede restaurar.
Volver a soñar no significa ignorar la realidad, sino creer que Dios es capaz de transformarla. Significa reconocer que, aunque algo parezca detenido o imposible, Él sigue teniendo el poder de traerlo a vida.
El Salmo 126 no es solo un recuerdo del pasado, es una invitación para el presente. Una invitación a creer nuevamente, a recuperar aquello que se había dejado atrás y a confiar en que Dios sigue obrando.
Porque al final, lo que parecía imposible para el pueblo de Israel se convirtió en una realidad visible para todos. Y de la misma manera, lo que hoy parece un sueño lejano, en las manos de Dios, puede convertirse en una historia de restauración.

