Por David Sequeira – 22 de Abril 2026
Hay una verdad que todos conocemos, aunque no siempre queremos enfrentarla: hagamos lo que hagamos, un día vamos a morir. Podemos cuidarnos, hacer ejercicio, alimentarnos bien, evitar excesos… y aun así, el final es el mismo. Esa realidad, lejos de ser pesimista, debería llevarnos a una pregunta mucho más profunda: ¿qué sentido tiene entonces la vida que estamos construyendo?
Vivimos en una cultura que nos impulsa a alcanzar cosas: éxito, estabilidad económica, reconocimiento, metas personales. Nos enseñan a llamar a eso “progreso”. Y no está mal esforzarse ni crecer. El problema surge cuando comenzamos a medir el valor de nuestra vida únicamente por lo que logramos o acumulamos.
Con el paso del tiempo, muchas personas llegan a una conclusión silenciosa pero inquietante: lo que parecía tan importante no llena como pensábamos. Ahí es donde cobra sentido la expresión: “lo absurdo de lo absurdo”. Es decir, aquello que parece tener valor, pero en el fondo es pasajero, vacío y sin propósito duradero.
El libro de Eclesiastés plantea esta reflexión de manera directa. Su autor, Salomón, no habla desde la falta, sino desde la abundancia. Fue un hombre con sabiduría extraordinaria, riquezas incalculables, poder político y acceso a todo tipo de placeres. En otras palabras, tuvo todo lo que hoy muchos consideran el ideal de vida.
Y aun así, su conclusión fue contundente: “vanidad de vanidades, todo es vanidad”. No está hablando simplemente de orgullo, sino de algo mucho más profundo: de lo efímero, de lo que no se puede sostener, de lo que se desvanece como el humo entre las manos.
Desde mi punto de vista, el gran error no está en tener cosas, sino en poner nuestra esperanza en ellas. Cuando el trabajo, el dinero o el reconocimiento ocupan el centro de nuestra vida, inevitablemente desplazan lo verdaderamente esencial. Y sin darnos cuenta, empezamos a construir una vida que puede verse exitosa por fuera, pero vacía por dentro.
Esto no es solo un problema antiguo. Hoy sigue ocurriendo. Personas que sacrifican su tiempo, su familia, su paz e incluso su relación con Dios por alcanzar metas que, al final, no satisfacen. Cambiamos lo eterno por lo urgente, lo profundo por lo superficial, y terminamos preguntándonos por qué sentimos ese vacío.
Salomón también experimentó eso. Probó la sabiduría, el placer, el trabajo, las riquezas, las relaciones… y en cada intento encontró lo mismo: insatisfacción. No porque esas cosas sean malas en sí, sino porque ninguna de ellas fue diseñada para llenar el corazón humano.
Ahí es donde su reflexión cobra aún más fuerza. Después de haberlo tenido todo, llega a una conclusión simple pero poderosa: la vida solo tiene sentido cuando Dios está en el centro. Todo lo demás, sin Él, termina siendo temporal, frágil y, en última instancia, absurdo.
Creo que esta es una advertencia vigente. Podemos seguir persiguiendo metas, construyendo sueños y alcanzando logros, pero si en ese proceso dejamos a Dios de lado, tarde o temprano nos encontraremos con el mismo vacío que describió Salomón.
Al final, la vida no se trata de cuánto acumulamos, sino de cómo vivimos y para quién vivimos. Porque todo lo que hoy parece importante, un día pasará. Pero lo que está fundamentado en Dios permanece.
Y tal vez ahí está la clave: dejar de correr detrás de lo que no podemos retener, y comenzar a vivir para aquello que realmente tiene valor eterno. Porque todo lo demás, por impresionante que parezca, sigue siendo simplemente… lo absurdo de lo absurdo.

