Una iglesia que aprende a ver, llamar y cuidar
Por Erick Larios 15 de Abril de 2026
En medio de una ciudad llena de movimiento, ruido y gente, ocurre una escena que sigue hablando con fuerza hoy. Jesús camina rodeado de una multitud. Todos quieren verlo, escucharlo, acercarse. Sin embargo, en ese mar de personas, hay alguien que no logra abrirse paso. Su nombre es Zaqueo.
No es invisible porque esté solo, sino porque está rodeado de gente que no le hace espacio. Su historia refleja una realidad que, aunque antigua, sigue siendo profundamente actual: se puede estar entre muchos y aun así no ser visto por nadie.
Zaqueo tenía una posición económica privilegiada, pero una reputación quebrada. Era jefe de cobradores de impuestos, considerado traidor por su propio pueblo. A esto se sumaba su baja estatura, un detalle físico que en este relato se vuelve simbólico: no alcanzaba a ver, pero tampoco lograba ser visto. La multitud que rodeaba a Jesús tenía un propósito claro: acercarse a Él. Pero en ese intento, sin darse cuenta, se convirtió en obstáculo para otros.
Este momento plantea una pregunta necesaria para cualquier comunidad de fe: ¿es posible estar tan enfocados en lo que hacemos que olvidemos a quienes están a nuestro alrededor?
Zaqueo decide hacer algo inusual. Corre, se adelanta y se sube a un árbol. No busca protagonismo, busca perspectiva. Quiere ver a Jesús, aunque tenga que hacerlo desde un lugar incómodo. Su acción revela una mezcla de necesidad, determinación y esperanza. Pero lo más significativo de la historia no es que Zaqueo logra ver a Jesús, sino que Jesús decide verlo a él.
En medio de la multitud, Jesús se detiene. Levanta la mirada y lo llama por su nombre. Este detalle es clave. Jesús no se dirige a una masa, se dirige a una persona. No responde a la presión del grupo, sino a la necesidad individual. En ese acto, redefine lo que significa realmente ver.
Ver, en el sentido de Jesús, no es solo notar la presencia de alguien. Es reconocer su historia, su valor y su necesidad. Es detenerse cuando todos siguen de largo. Es hacer espacio cuando otros lo niegan.
La respuesta de Jesús va más allá de una simple interacción. Decide quedarse en casa de Zaqueo. Este gesto genera incomodidad en la multitud, que comienza a criticar. Para muchos, Zaqueo no era digno de tal atención. Pero precisamente ahí radica la esencia del evangelio: Jesús no se guía por las categorías sociales ni por las expectativas humanas. Se acerca a quienes han sido relegados.
El encuentro produce un cambio inmediato. Zaqueo responde con generosidad y restitución. No hay presión externa ni imposición religiosa. Hay transformación que nace del reconocimiento. Ser visto, en este caso, no solo dignifica, también restaura.
Esta dinámica no se limita al relato bíblico. A lo largo de la historia, ha habido expresiones concretas de este mismo principio. Un ejemplo claro es el de William Booth, quien entendió que el mensaje del evangelio no puede separarse de la realidad humana. Su ministerio no solo proclamaba a Cristo, también atendía necesidades básicas. Alimentaba a los hambrientos, ayudaba a los marginados y se acercaba a quienes la sociedad había descartado. Su enfoque resumía una verdad profunda: no se puede hablar de esperanza a alguien sin considerar su necesidad inmediata.
Esto confronta directamente la forma en que muchas comunidades viven su fe hoy. No basta con reunirse, cantar o escuchar enseñanzas. La pregunta es si realmente estamos viendo a las personas. Si somos capaces de identificar al que se sienta solo, al que llega por primera vez, al que atraviesa una crisis silenciosa o al que ha aprendido a esconder su dolor detrás de una rutina.
El llamado no es únicamente a mirar hacia afuera, sino también hacia adentro. Dentro de la iglesia hay personas que están presentes físicamente, pero emocionalmente distantes. Personas que sirven, pero no son acompañadas. Personas que están, pero no son vistas.
Una iglesia saludable no se mide únicamente por la cantidad de asistentes, sino por la calidad de sus relaciones. Se reconoce en su capacidad de notar la ausencia de alguien, de preguntar con interés genuino, de acompañar procesos sin juicio y de crear espacios donde otros puedan ser ellos mismos sin temor.
La historia de Zaqueo termina con una declaración clara: Jesús vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Esa misión no ha cambiado. Lo que sí está en juego es si la iglesia decide asumirla de la misma manera.
Entre la multitud y el árbol siempre habrá personas esperando ser vistas. La diferencia la marcará una comunidad que no solo se reúne, sino que aprende a detenerse, a mirar y a cuidar. Porque, en muchas ocasiones, la forma en que alguien experimenta a Jesús dependerá de si alguien más decidió verlo primero.

