Por Jose Luis Becerra
La historia de José es una de las narraciones más poderosas de la Biblia para comprender que los sueños de Dios no siempre se cumplen por caminos fáciles. A menudo, el Señor deposita en nuestro corazón promesas, dones y ministerios, pero antes de ver su cumplimiento debemos atravesar pruebas, rechazos y momentos que no entendemos. Así ocurrió con José. Dios le reveló sueños extraordinarios sobre su futuro, pero quienes estaban más cerca de él, sus propios hermanos e incluso su padre, no lograban comprender lo que el Señor estaba haciendo en su vida.
José había recibido de su padre una túnica de muchos colores, símbolo del amor especial que Jacob sentía por él. Esa túnica representa para nosotros la gracia y la cobertura del Espíritu Santo. Dios también nos ha vestido con algo especial. Nos ha dado a Jesucristo y, por medio de Él, nos dejó al Espíritu Santo que nos guía, nos protege y nos capacita para cumplir el propósito divino.
Cada creyente ha recibido un don particular para edificar el cuerpo de Cristo. Algunos enseñan, otros sirven, otros animan, otros reciben con amor a los visitantes. Quizá no todos pueden predicar, cantar o tocar un instrumento, pero todos somos importantes en la iglesia. Así como Dios le dio sueños a José, también ha puesto en nosotros llamados, talentos y ministerios para bendecir a otros.
José salió obedeciendo la instrucción de su padre de ir a buscar a sus hermanos. No sabía lo que le esperaba. Del mismo modo, nosotros avanzamos en la vida con planes, metas y sueños: estudios, trabajo, matrimonio, hijos y proyectos. Todo parece estar bajo control, pero no conocemos lo que encontraremos en el camino.
En ese recorrido, José necesitó la orientación de un hombre que le indicó dónde estaban sus hermanos. Nosotros también necesitamos dirección, pero la guía más segura siempre será el Señor. En un mundo lleno de voces, consejos y opiniones, nada reemplaza la dirección de Dios.
La Biblia relata:
“Se han marchado de aquí —le informó el hombre—. Les oí decir que se dirigían a Dotán.”
José siguió buscando a sus hermanos y los encontró cerca de Dotán.
Como ellos alcanzaron a verlo desde lejos, antes de que se acercara, tramaron un plan para matarlo.
—¡Ahí viene ese soñador! —se dijeron unos a otros—.
Ahora sí que llegó la hora. Vamos a matarlo y a echarlo en una de estas cisternas. Diremos que lo devoró un animal salvaje, y veremos en qué terminan sus sueños.
(Génesis 37:17-20)
El enemigo también observa nuestra vida desde lejos. Mientras nosotros caminamos obedeciendo a Dios, Satanás planea destruirnos. Jesús lo expresó claramente:
“El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.”
(Juan 10:10)
Muchas veces nos preguntamos por qué, si estamos sirviendo al Señor, enfrentamos problemas económicos, enfermedades, conflictos familiares o pérdidas dolorosas. Sin embargo, el hecho de atravesar dificultades no significa que Dios nos haya abandonado. Significa que el enemigo quiso destruirnos, pero Dios no se lo permitió.
Rubén intervino para salvar a José de la muerte inmediata:
“No derramen sangre. Arrójenlo en esta cisterna, aquí en el desierto, pero no le pongan la mano encima.”
(Génesis 37:22)
José fue arrojado a un pozo seco. A veces nosotros también nos sentimos en una cisterna: sin respuestas, sin fuerzas y sin salida. Nos preguntamos: “Señor, ¿por qué estoy aquí? ¿Qué hice mal?” Pero no toda cisterna es castigo; muchas veces es parte del proceso de Dios para prepararnos.
La historia continúa:
“Cuando José llegó a donde estaban sus hermanos, le arrancaron la túnica especial que llevaba puesta, lo agarraron y lo echaron en la cisterna. La cisterna estaba vacía; no tenía agua.”
(Génesis 37:23-24)
En medio de ese aparente abandono, Dios ya estaba obrando. Los hermanos decidieron vender a José en lugar de matarlo.
“Así que, cuando los mercaderes madianitas pasaron, sus hermanos sacaron a José de la cisterna y lo vendieron por veinte monedas de plata.”
(Génesis 37:28)
Lo que parecía una tragedia era, en realidad, la manera de Dios de preservar su vida. El enemigo quería matarlo, pero Dios convirtió la emboscada en un camino hacia el propósito.
El dolor alcanzó también a Jacob, quien creyó que había perdido a su hijo.
“Entonces Jacob rasgó sus vestidos, se vistió de luto y guardó duelo por su hijo durante mucho tiempo.”
(Génesis 37:34)
Este pasaje nos recuerda que Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento. Así como el corazón de Jacob se quebrantó por José, el corazón de nuestro Padre celestial también se conmueve cuando atravesamos pruebas. Él ve nuestras lágrimas y conoce nuestras preguntas.
A menudo cuestionamos a Dios cuando no entendemos lo que ocurre. ¿Por qué perdimos a un ser querido? ¿Por qué llegó esa enfermedad? ¿Por qué el trabajo se volvió tan difícil? Son preguntas legítimas. Pero aun cuando no comprendemos, podemos confiar en que el Señor sigue teniendo el control.
Finalmente, José llegó a Egipto:
“En Egipto, los madianitas vendieron a José a Potifar, funcionario del faraón y capitán de la guardia.”
(Génesis 37:36)
Potifar se convirtió en el instrumento que Dios usó para cuidar a José y prepararlo para lo que vendría. Lo que parecía el final era solo el comienzo de una etapa de formación.
Jesús nos dejó esta promesa:
“Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo.”
(Juan 16:33)
El Señor nunca prometió una vida sin dificultades, pero sí prometió su presencia y su victoria. José perseveró y nosotros también debemos hacerlo. Aunque enfrentemos problemas económicos, familiares, laborales o de salud, podemos seguir adelante sabiendo que Dios ya venció por nosotros.
Tal vez hoy te sientes en una cisterna, confundido y sin entender por qué estás atravesando ciertas circunstancias. Recuerda que si sigues aquí es porque Dios no permitió que el enemigo destruyera tu vida. El Señor conoce tu situación, siente tu dolor y ya está preparando la salida.
Así como José pasó del pozo al palacio, Dios también puede transformar tus pruebas en testimonios. Por eso hoy puedes declarar con fe:
El Señor ha vencido por mí.

