Por Erick Larios
Hay momentos en la vida cristiana donde esperamos que Dios actúe de manera inmediata, visible y contundente. Nos inspiran las historias donde la obediencia produce resultados rápidos y donde las respuestas llegan sin demora. Jericó es, sin duda, una de esas imágenes: una victoria clara, sobrenatural y poderosa.
Sin embargo, no toda la vida funciona como Jericó.
Una de las lecciones más importantes que debemos aprender es que Dios no obra siempre de la misma manera. El problema no está en la historia de Jericó, sino en convertirla en el modelo para todo. Cuando hemos vivido una experiencia donde Dios respondió rápidamente, es fácil esperar que cada situación tenga el mismo desenlace. Pero Dios no trabaja con fórmulas repetidas, sino con propósitos específicos para cada etapa de nuestra vida.
A lo largo del libro de Josué, se hace evidente que no todas las conquistas fueron iguales. Mientras Jericó fue una victoria rápida basada en una instrucción específica, hubo otros momentos donde el proceso fue distinto, más estratégico, más prolongado y menos espectacular. Esto nos recuerda que Dios no está limitado a una sola forma de actuar. Él sabe exactamente qué hacer en cada temporada y cómo guiarnos en cada proceso.
El desafío comienza cuando nuestras expectativas no se alinean con la manera en que Dios está obrando. Esperamos muros cayendo, pero encontramos procesos que requieren paciencia. Esperamos respuestas inmediatas, pero vivimos temporadas donde parece que nada está cambiando. Y en medio de eso, es fácil pensar que Dios no está actuando.
Pero la realidad es otra.
Cuando no vemos resultados visibles, no significa que Dios esté ausente. Muchas veces, Él está trabajando en lo más profundo, en áreas que no se perciben de inmediato. Está formando carácter, fortaleciendo nuestra fe y desarrollando una dependencia más genuina de su presencia. Lo que no se ve por fuera, muchas veces es lo que más impacto tendrá en el futuro.
También es importante reconocer el peligro de medir la fidelidad de Dios por la rapidez de la respuesta. Si los muros no caen como en Jericó, podemos llegar a pensar que algo está mal. Sin embargo, la fidelidad de Dios no se define por lo inmediato, sino por su constancia. Él sigue siendo fiel, aun cuando el proceso es lento o diferente a lo que esperábamos.
En este camino, la comparación puede convertirse en un obstáculo. Ver las victorias rápidas de otros puede generar frustración cuando nuestra experiencia es distinta. Pero cada proceso tiene un propósito único. Dios no está repitiendo historias, está formando vidas. Lo que en otros ocurre de forma inmediata, en nosotros puede requerir tiempo, y eso no lo hace menos válido.
Cuando no todo es Jericó, la fe tiene que madurar. Ya no puede depender de lo visible o de lo espectacular, sino de una convicción profunda. Es una fe que se sostiene incluso cuando no hay señales claras, una fe que permanece firme en medio de la incertidumbre.
En estas temporadas, la obediencia también cambia de perspectiva. No se trata de obedecer esperando resultados inmediatos, sino de obedecer porque confiamos en quién es Dios. Es una obediencia que se mantiene aun cuando no hay evidencia visible, y es precisamente ahí donde se desarrolla una relación más sólida y auténtica con Él.
Entender que no todo es Jericó nos libera de expectativas equivocadas. Nos ayuda a reconocer que Dios sigue obrando, aunque no siempre de la manera que esperamos. Nos enseña que cada proceso tiene su valor y que las temporadas más lentas, muchas veces, son las que producen los cambios más profundos.
Porque cuando los muros no caen de inmediato, no significa que Dios no esté trabajando.
Significa que está haciendo algo más profundo, algo que no se puede lograr de otra manera.
Y muchas veces, ese proceso termina siendo más valioso que cualquier victoria rápida que pudiéramos haber imaginado.

