Por el Pastor Gustavo Ceballos – 5 de abril
Hay momentos en la vida en los que todo parece perder sentido. Situaciones que no entendemos, procesos que no esperábamos y caminos que terminamos recorriendo sin claridad. En medio de ese tipo de experiencias, el mensaje de la resurrección toma una dimensión mucho más personal: no se trata solo de un evento histórico, sino de una realidad que sigue ocurriendo hoy.
En Lucas 24 vemos a los discípulos caminando hacia Emaús. No iban celebrando, iban confundidos. No estaban llenos de fe, sino de preguntas. Lo interesante es que, mientras caminaban en esa condición, Jesús mismo se acerca a ellos, aunque no logran reconocerlo. Esto nos confronta con una verdad profunda: muchas veces Dios ya está presente en nuestra vida, pero no lo percibimos.
El problema no siempre es la ausencia de Dios, sino nuestra percepción. Vivimos buscando respuestas, dirección o consuelo, sin darnos cuenta de que Dios ya ha puesto a nuestro alcance lo que necesitamos. Sin embargo, tenerlo cerca no significa automáticamente experimentarlo. Es posible caminar con Él y aun así no verlo.
Lo más impactante del pasaje es que los discípulos no solo estaban confundidos, también iban en la dirección contraria. Se alejaban de Jerusalén, el lugar donde había ocurrido la promesa. Aun así, Jesús no los detiene desde lejos ni los corrige antes de acercarse. Simplemente camina con ellos. Esto revela el corazón de Dios: Él no espera a que estemos bien para acercarse, sino que se hace presente precisamente en medio de nuestra confusión.
Durante el camino, Jesús les permite expresar lo que sienten. Hablan desde la tristeza, desde la decepción, desde lo que ellos entendían de lo sucedido. Y en ese diálogo se hace evidente algo importante: Dios no solo quiere que sepamos de Él, quiere que lo conozcamos de verdad. Su deseo es revelarse, no solo ser entendido.
A pesar de lo que los discípulos sentían, la realidad era otra. Jesús ya había resucitado. La esperanza ya estaba activa, aunque ellos no lo sabían. Esto nos recuerda que nuestras emociones no siempre reflejan la verdad espiritual. Podemos sentir que todo terminó, cuando en realidad Dios ya está comenzando algo nuevo.
En ese proceso también hay una enseñanza clara: antes de la gloria, hay un proceso. Jesús mismo lo explica. El sufrimiento no fue un error, fue parte del plan. Esto cambia la manera en que interpretamos nuestras propias experiencias. Lo incómodo y lo doloroso no necesariamente indican que algo está mal; muchas veces son parte de lo que Dios está usando para formarnos.
Cuando llegan a su destino, ocurre un momento clave. Jesús hace como que va a continuar, pero los discípulos deciden invitarlo a quedarse. Este detalle revela algo esencial en la vida espiritual: Dios se acerca, pero la profundidad de la relación depende de nuestra respuesta. No basta con reconocer su cercanía; es necesario desear su permanencia.
Finalmente, en la mesa, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. Y es en ese momento cuando sus ojos son abiertos. No fue durante el camino ni en medio de la conversación, sino en el acto de partir el pan. Este gesto refleja un principio profundo: muchas veces la revelación ocurre en medio del quebrantamiento. Es en lo que se parte, en lo que duele, donde Dios se deja ver con mayor claridad.
Después de reconocerlo, los discípulos dicen que su corazón ardía mientras Él hablaba. Es una imagen poderosa de lo que ocurre cuando Dios se hace presente. Aun antes de entenderlo todo, algo comienza a cambiar por dentro. Su voz trae vida, orden y dirección.
La resurrección, entonces, no es solo un evento que recordamos, sino una experiencia que podemos vivir. Ocurre cuando en medio de la confusión encontramos claridad, cuando en medio de la tristeza vuelve la esperanza, y cuando en medio del camino descubrimos que nunca hemos estado solos.
Tal vez hoy no logras ver con claridad lo que Dios está haciendo. Tal vez sientes que estás caminando sin rumbo o incluso en la dirección equivocada. Pero la verdad sigue siendo la misma: Jesús camina contigo, aun cuando no lo reconoces. Y si decides detenerte, abrir tu corazón y permitir que permanezca, llegará el momento en que tus ojos también serán abiertos.

